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El pacto de la sal

Por: Rav Daniel Shmuels

En la Parashá de esta semana leemos acerca de la Mitzvá positiva de echarle sal a las ofrendas presentadas a Dios en el Templo (Lev 2:13). Hoy en día no tenemos Templo y por consiguiente es una Mitzvá que no se puede llevar a cabo; sin embargo, hay un acto que hacemos todos los Shabatot, pero que aquellos que comemos pan siempre estamos obligados a hacer Halájicamente todo el tiempo, el acto de untar el pan en sal, acto que recuerda y simboliza ese Mandamiento positivo que nos ordena Dios, ese Mandamiento que como nos lo enseña la Torá, es el pacto de la sal.

Usualmente cuando tenemos en casa un invitado nuevo para cena o almuerzo de Shabat siempre surge la pregunta de por qué untamos el pan en sal, por qué no le echamos sal a todo el pan y en cambio untamos pedazo por pedazo repartido, por qué no se puede hablar después de lavarse las manos y así una serie de preguntas que están relacionadas con el ritual del pan en Shabat. En esta ocasión presentaré tanto la Halajá como las ideas subyacentes en dicha Halajá y en los Minjaguim que podemos encontrar.

El Talmud en la Masejta de Brajot 40a establece que todo pan que no sea hecho de harina fina debe ser untado en sal. Hoy en día, toda harina es fina y por consiguiente toda Jalá es hecha de harina fina; entonces, ¿por qué seguimos esta Ley? Una pregunta que he encontrado a lo largo del tiempo es si el motivo para echarle sal al pan es para hacerlo más sabroso o que tenga más sabor. La verdad es que parcialmente ese es el motivo para continuar con esta tradición, la idea es que al bendecir el pan podamos tomar parte de un pan que sea más sabroso y así nos podamos regocijar más sobre la Brajá dicha, pero ese no es el único motivo. El Talmud en Brajot 55a nos enseña: "Cuando el Templo estaba en pie, los sacrificios llevados al Altar expiaban por todo Israel; pero ahora, cuando no hay Templo, la mesa de una persona, expía por él". Esta noción de nuestros sabios de hacer la equivalencia entre mesa y Altar surge del pasaje del Tanaj de Ezekiel 41:22 donde el profeta al observar el Altar del Tercer Templo nos relata: "El Altar era de madera (...) y me dijo: 'Esta es la mesa que está en frente del Señor'." Es de ahí que nuestros sabios llegan a esta conclusión, pues el Pasuk empieza hablando del Altar del Templo pero enseguida se refiere al mismo como una mesa. Entonces, si la mesa es como es como el Altar, las comidas en ella servidas equivalen a las ofrendas entregadas diariamente en el Templo, ofrendas que tenían que ser siempre untadas en sal como lo establece la Mitzvá: "No deberéis omitir la sal de pacto de vuestro Dios de ser puesta sobre todas vuestras ofrendas. Deberéis ofrendar sal en todos vuestros sacrificios (Lev 2:13)". Por consiguiente, nosotros agregamos sal a nuestras comidas y a nuestro pan en remembranza de este Mandamiento y a su vez transformamos nuestras mesas en altares para Dios.

Ahora bien, el procedimiento de agregar sal al pan también es Halájico. Nuestra tradición nos enseña que la manera apropiada de hacerlo es untar el pan sobre la sal más no salpicar la sal sobre el pan. ¿Cuál es el motivo de esto? Todos aquellos que hayan estudiado algo de Halajá sabrán que Rabi Yosef Caro estaba profundamente impregnado de ideas y conceptos cabalísticos; por consiguiente, es de la Cabalá de donde surge esta idea. De acuerdo a la Cabalá la sal representa la Midá de la severidad y el pan la Midá de bondad, obviamente es nuestro deseo sobreponer la severidad de la sal con la bondad del pan y por ello es nuestra Halajá untar el pan en la sal, de esa manera la bondad está por encima de la severidad.

Otro aspecto Halájico del ritual de la sal y el pan está en la cantidad de veces que se unta el pan en la sal; a saber, 3 veces. Como todos lo sabemos, el Tur basó muchas de sus legislaciones en la Guematria, una que persistió hasta nuestros días es esta. Hablando de acuerdo a la Guematria la palabra pan, Lejem, tiene un valor numérico de 78. Si dividimos 78 entre 3 nos da 26, el valor numérico del nombre de Dios, del Tetragrama; entonces, al untar el pan tres veces en sal estamos recordando que es Dios quien nos ha provisto de este placer tal como nos lo dice la Torá: "El hombre no vive sólo de pan sino más bien de todo lo que viene de la boca del Señor vive el hombre (Deut. 8:3)". Y es por eso que hasta la cantidad de veces que untamos el pan en la sal está legislada. Este ritual cotidiano que muchos judíos, infortunadamente, han relegado sólo al Shabat es de principio a fin una constante reactivación del pacto eterno entre el único Dios del universo e Israel. 

El ritual de la sal y el pan en nuestras mesas hoy en día es la perfecta analogía del pacto de la sal en el Altar del Templo de Jerusalén. El pacto de la sal tiene la exclusiva propiedad de protegernos y no sólo de expiarnos. La sal tiene la particularidad que no se daña ni se descompone con el paso del tiempo estando bajo su forma original. Esto hace que la sal, esa sal que está hoy en día en nuestras mesas, en nuestros saleros, sea el recuerdo permanente del pacto eterno que Dios hizo con todos nosotros, un pacto que a pesar del tiempo sigue siendo exactamente igual de incondicional que al principio, un pacto que no se ha dañado ni descompuesto pues es un pacto para siempre, un pacto que nos protege y nos expía simultáneamente, ese es el pacto de la sal.

Es bajo esa idea que podemos decir que nuestra Halajá es la "reactivación" permanente por parte nuestra de ese pacto. El Shuljan Aruj, el código de ley judía, literalmente significa mesa tendida o servida. El Shuljan es la mesa, es el Altar donde damos las ofrendas al Señor; entonces, cumplir ese Shuljan Aruj es en última instancia ser la ofrenda misma para Dios, es dedicar nuestra vida a Dios en todos los aspectos. Esa mesa, ese Shuljan Aruj, es el Altar para servir a dios apropiadamente, no es solo un compendio de leyes, es la manera como mantenemos vivo en todos los aspectos de nuestras vidas el pacto eterno de la sal, el pacto eterno entre Dios e Israel.