Imprímeme

Los judíos en China y la revolución de Mao

Por: León Celnik

Hace poco estuvimos en la República Popular China, RPC y nos sorprendió gratamente la admiración del pueblo hacia los judíos y el Estado de Israel. Por estos dias no es corriente que ello ocurra en el mundo y menos en un país del extremo oriente, comunista y la segunda potencia económica del planeta. No sobra anotar que en dicha nación hoy viven casi 22 millones de musulmanes, el 1,6% de la población y menos de 3000 judíos, el 0,0002%. En las librerías y bibliotecas, los textos con temas judíos y sobre Israel son muy apetecidos y leídos, particularmente por gente joven y empresarios. Coincidió nuestra llegada con el arribo del Primer Ministro de Israel, Benjamín Netanyahu. Las principales avenidas de Pekín estaban engalanadas con la bandera china cruzada con la de Israel, desde el aeropuerto hasta la plaza Tiananmen, la explanada más grande del mundo y la entrada a la Ciudad Prohibida y el Gran Palacio del Pueblo. Nos preguntamos, ¿cuándo se vería algo similar en Francia, Inglaterra, los EE. UU. o cualquier otro país occidental “amigo”? 

Existe la creencia que parte de las 10 tribus perdidas de Israel se asentaron en China, pero es cuestión de debate y no hay certidumbre de ello. Sin embargo, la tradición oral dice que los primeros judíos llegaron a través de Persia, huyendo de la opresión romana y la captura de Jerusalén por estos en el año 70 EC. Posteriormente, hay evidencia de que, durante la edad media, ya había varias comunidades pequeñas pero bien establecidas, especialmente en Kaifeng y Hangzhou, donde vivían relativamente bien, hasta el s. XIX, en que, tras una rebelión popular, su población se vio diseminada, hasta la llegada a fines del mismo siglo de una procesión de judíos provenientes de Irak, que se establecieron en  Shanghái y donde luego se destacaron en la política administrativa y financiera del país.

Hacia principios del s. XX, una ola de migrantes judíos que escapaban de los pogroms de Europa del este, la Primera Guerra Mundial y la revolución bolchevique se asentaron en Harbin, la que posteriormente fue ocupada por las fuerzas japonesas por lo que debieron marcharse hacia otros sitios, especialmente a Shanghái. Otro grupo grande llegó en los años 30 a esta misma ciudad procedente de Alemania, Austria y Polonia, escapando de la intensificación del nazismo. 

Ya en 1939 el gobierno chino había preparado un plan para recibir y asentar a los judíos que huían de las persecuciones en Europa en una región al sur del país, en la provincia Yunnan pero el proyecto no se concretó. Aun así, se dio vía libre a la entrada de todos aquellos judíos que lo quisieran. 

En Shanghái hoy hay un barrio judío, con muy conservada arquitectura, como la sinagoga y el Museo de los Refugiados Judíos, en la zona conocida como el Gueto Judío, en el distrito de Hongkou, donde durante la Segunda Guerra Mundial (2GM) se refugiaron alrededor de 20.000 judíos que huían de la persecución nazi y que fueron acogidos por el pueblo. Hasta 1945 había casi 50.000 judíos en China.

Después de la 2GM, y con el advenimiento de la revolución popular liderada por Mao Zedong, la gran mayoría emigró hacia Israel y otros países de occidente, particularmente los EE. UU. quedando una población, como ya se dijo, de unas 3000 personas.

Sin embargo, muchos de aquellos que permanecieron, colaboraron con los chinos durante la toma comunista de fines de la década de 1940, constituyendo el 85% de los extranjeros que lo hicieron. Era muy lógico: China fue de los pocos países del planeta que no solo no exigía visas a los judíos que huían de los horrores de la 2GM sino que les recibió con los brazos abiertos, a diferencia de los pocos países que los aceptaban, pero por cuotas y con condiciones.

Entre los que apoyaron la revolución, destaca el nombre de Sidney Rittenberg, nacido en los EE. UU., periodista y lingüista, parlante del mandarín y el único norteamericano aceptado en el Partido Comunista Chino, fue asesor personal de Mao y de Zhou Enlai en relaciones públicas y como intérprete. Trabajó para varios medios de comunicación chinos y fue Director General de Medios de la RPC.

También sobresale Israel Epstein, nacido en Varsovia y cuyos padres, huyendo de diversos lugares por causa del antisemitismo, terminaron viviendo en China, cuando Epstein tenía apenas 2 años de edad. Periodista, escritor de varios libros sobre la revolución china en Inglaterra y los EE. UU. habiendo residido en estos países, fue acusado de comunista en este último en los años 50’s durante la época del Macartismo y regresó a China donde más tarde se convirtió en el editor emérito del diario China Today hasta su muerte. Fue condecorado por Mao, Zhou Enlai y otros grandes líderes chinos por sus aportes a la divulgación de las ideas de la revolución.

En el Museo de Refugiados Judíos de Shanghái, hay una dedicatoria especial de agradecimiento al Dr. Jacob Rosenfeld, conocido en el medio como el General Luo, por sus aportes al Ejército de Liberación del Pueblo y posteriormente al Gobierno Provisional Militar Comunista de China como Ministro de Salud. Este médico nacido en lo que hoy se conoce como Lviv, Ucrania, se graduó en la Universidad de Viena y tras la anexión de Austria por el régimen nazi, fue deportado al campo de concentración de Dachau y luego trasladado a Buchenwald. En el 39 logró ser liberado y de inmediato viajó a China para establecerse en el Gueto de Shanghái, junto con muchos otros judíos que aprovechaban la exención de visas por parte del gobierno chino. Se unió a las fuerzas comunistas chinas y peleó en la segunda guerra chino-japonesa y posteriormente en la guerra civil China, hasta la toma de Pekín en el 49. Tiempo después se fue a vivir a Israel donde falleció dos años más tarde. Los gobiernos chinos le han homenajeado continuamente, e inclusive en el año 2006 hubo una gran exposición en su honor en el Museo Nacional de China, sin mencionar una estatua, un hospital y hasta el nombre de una ciudad en su memoria.

Otro personaje interesante fue Morris Cohen, conocido como “Dos pistolas Cohen”. Nacido en Radzhanow, Polonia, en 1887, a muy corta edad, su familia tuvo que escapar de los pogroms hacia Londres. A los 16 años, fue a trabajar en Canadá donde hizo amistad con obreros exiliados chinos, cuya forma de pensar le fascinó. En una ocasión, capturó y golpeó a un ladrón que había asaltado al propietario de un restaurante chino, lo que le granjeó la gratitud y amistad de la comunidad china, convirtiéndose desde entonces en defensor de los derechos de los chinos. Pronto fue afiliado a la organización anti-manchuriana de Sun Yat-sen. En 1922 emigró a Shanghái donde trabajó para el Kuomingtang, el partido Nacionalista Chino y entrenó a las fuerzas de Sun. Durante la invasión japonesa a China, peleó valerosamente con las fuerzas chinas, lo que le valió el reconocimiento y admiración tanto de nacionalistas como de comunistas. Después de la toma comunista en 1949, se convirtió en una de las pocas personas que podían viajar entre la RPC y la República China en Taiwán. Fue huésped de honor de Zhou Enlai y se dice que cuando se inició el debate por la partición de Palestina en la ONU, Cohen convenció al gobierno chino de abstenerse en vez de votar en contra.

¿Pero, por qué tanta empatía entre chinos y judíos, tan radicalmente diferentes? La periodista Laura Goldman escribió en el periódico neoyorkino The Forward como preámbulo a su artículo sobre la historia de Sidney Rittenberg: “Aun cuando me he alejado de D’s y de la sinagoga, siempre me he sentido culturalmente orgullosa de ser judía. Una razón para ese orgullo es la tradición judía de ayudar a los oprimidos y nuestra participación en movimientos sociales como el trabajo y los derechos civiles”. La admiración por los judíos se debe a una serie de factores como el hecho de que ambos tienen una historia y cultura muy antiguas, la capacidad de Israel para lidiar con muchos enemigos a lo largo de los años; que, al través de la historia, China también sufrió ocupación, matanzas, humillaciones y aun con ello lograron salir avante; la creatividad, la fuerza de voluntad para mantenerse unidos y solidarios a pesar de las circunstancias y el respeto por las tradiciones. Todo esto es lo que hace fuerte a un pueblo y eso mismo es lo que los asemeja y los une.

Fuentes