En los últimos meses muchos judíos han descubierto a Tucker Carlson*2. Y la reacción ha sido casi siempre la misma: indignación, enojo, incredulidad. ¿Cómo puede alguien con tanta audiencia decir cosas así sobre Israel? Muchos lo llaman antisemita. Otros simplemente lo desprecian. Pero quiero proponer algo que a muchos quizá les incomode: tal vez Tucker Carlson es, paradójicamente, uno de los mejores amigos que Israel podría tener hoy. No porque tenga razón. No porque sea un aliado. Sino porque nos está obligando a enfrentar una pregunta que muchos judíos ya no sabemos responder.
Carlson hizo una pregunta que dejó a muchos judíos furiosos: “¿Realmente tienen los judíos derecho a esa tierra?” La reacción fue inmediata. Muchos respondieron citando la resolución de la ONU, la creación del Estado en 1948, el derecho internacional, la historia moderna del conflicto. Pero ahí está el problema. Si la única manera que tenemos de explicar Israel es citando resoluciones de la ONU, entonces estamos en problemas mucho más profundos de lo que creemos. Porque nuestra historia no empezó en 1948. Ni en el siglo XX. Ni siquiera con el sionismo político. Nuestra historia empezó miles de años antes. Con Abraham. Con una promesa. Con una relación entre un pueblo y una tierra que es mucho más antigua, más profunda y espiritual de lo que la mayoría de los judíos hoy sabe explicar. Y esa es la verdadera crisis.
Hoy muchos judíos viven cómodos fuera de Israel. Comunidades fuertes, prosperidad, seguridad, reconocimiento. Y eso no está mal. Pero la comodidad también tiene un efecto secundario peligroso: hace que olvidemos quiénes somos. Cuando un pueblo vive demasiado cómodo fuera de su centro espiritual, empieza a definirse por cómo lo ven los
demás. Empieza a explicar su propia existencia usando el lenguaje del mundo que lo rodea. Y ahí es donde entran personajes como Carlson. Porque cuando alguien cuestiona públicamente nuestra legitimidad, muchos judíos entran en pánico… no porque la pregunta sea nueva, sino porque ya no sabemos responderla desde nuestra propia historia.
Por eso, aunque suene extraño, personajes como Tucker Carlson son un regalo. Un regalo incómodo, sin duda. Un regalo que sacude, que irrita, que provoca. Pero también un regalo que nos obliga a preguntarnos algo esencial: ¿quiénes somos realmente? ¿Por qué existe Israel? ¿Qué relación tenemos con esa tierra más allá de la política moderna? Porque si no sabemos responder eso nosotros, alguien más lo hará por nosotros. Y ese es el verdadero peligro. No el antisemitismo. El peligro es cuando los judíos empiezan a definirse según la narrativa de sus enemigos.
Una de las ideas más absurdas que muchos judíos han terminado creyendo es que Israel existe porque el mundo lo permitió. Como si nuestra historia dependiera de la aprobación internacional. Como si el pueblo judío hubiera esperado dos mil años en el exilio para recibir una resolución de la ONU que finalmente le diera permiso de existir. Pero el pueblo judío no sobrevivió dos mil años esperando permiso. Sobrevivió porque tenía algo mucho más fuerte que la aprobación del mundo: una identidad, una memoria y una misión. Una historia que no podía ser borrada, aunque imperios enteros lo intentaran.
Tal vez Tucker Carlson no lo sabe. Tal vez ni siquiera le importa. Pero su ruido mediático está haciendo algo interesante: está empujando a muchos judíos a volver a estudiar su propia historia, a volver a preguntarse qué significa ser judío, a mirar más profundo que la política y los titulares. Y eso, para el pueblo judío, nunca ha sido algo malo. Cada vez que la historia nos sacó de la comodidad, terminamos redescubriendo quiénes éramos.
La verdadera pregunta no es si Tucker Carlson es antisemita. La verdadera pregunta es mucho más incómoda: ¿sabemos nosotros mismos por qué Israel existe? ¿Sabemos explicarlo sin citar la ONU? ¿Sabemos contar nuestra propia historia? Porque cuando dejamos que otros definan quiénes somos, la historia demuestra que eso nunca termina bien: termina en más confusión, más alejamiento de nuestras raíces y, finalmente, en un pueblo que empieza a olvidar su propia identidad.
Así que, aunque suene extraño decirlo, tal vez también hay algo que agradecer. Gracias, Tucker, por incomodar. Gracias por empujarnos —aunque no sea tu intención— a regresar a nuestras raíces. Gracias por obligarnos a recordar quiénes somos y por qué seguimos aquí. Gracias por despertar en muchos judíos un orgullo que tal vez estaba dormido. Gracias por empujar a algunos a estudiar más profundo su historia, su identidad y su misión. Y quién sabe… tal vez sin saberlo estás despertando en el pueblo judío un celo que lo hará más fuerte, más consciente y conectado con su esencia.
Porque al final, los comentaristas y las figuras mediáticas pasan. La historia está llena de ellos. Veinte minutos de fama, unas cuantas temporadas frente a una cámara, y luego el tiempo hace su trabajo. El polvo vuelve al polvo. Pero el pueblo judío sigue aquí. Así que gracias, Tucker, por dedicar parte de esos minutos a recordarnos algo que nunca deberíamos olvidar: que nuestra identidad no depende de lo que otros digan de nosotros, sino de que nosotros mismos sepamos quiénes somos. Y en ese sentido, aunque no lo hayas planeado, lo estás haciendo muy bien.
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*1: Gabriel Mondlak, es el yerno de nuestro comunitario Jamie Goldstein.
*2: Tucker Carlson: comentarista político retirado de Fox News, ahora tiene su propio programa, se opone a la guerra contra Irán.




