2018-12-17 [Num. 700]


Columnistas  - Rabino Eliahu Birnbaum

Reflexiones sobre España y los judíos

Por Rabino Eliahu Birnbaum
Otsdinner2016 181
2018-09-22

Sefarad

En estos días el pueblo judío ha recibido la buena nueva de la posibilidad de recibir ciudadanía y pasaporte español para todos los descendientes de los expulsados de 1492. Quisiera analizar algunos aspectos de este tan trascendente evento y especialmente traer a la memoria cuestiones ya olvidadas respecto de la relación ambivalente entre los judíos y España a lo largo de la historia, relación en la cual han alternado sucesiva y simultáneamente el amor y el odio, y en la cual también interactúan conjuntamente la nostalgia y el dolor. 

En el marco de mis ocupaciones laborales suelo visitar año tras año en más de una oportunidad tanto a España como a Alemania. Me cuesta decidir en cuál de los dos países me veo más invadido por sentimientos de dolor y enojo en virtud de lo que pasaron los judíos en esos lares. España es un país de contradicciones para el judío. Es la tierra de la edad de oro del judaísmo español (“Tor Hazahav”) y de la expulsión, tierra de refugio durante los días del holocausto, así como también tierra de opresión e inquisición. Tanto la actitud dual de los judíos hacia España, así como el intento de este país por atraerlos nuevamente nada tienen de nuevos.

Unos sesenta millones de turistas de todo el mundo visitan España anualmente. Según la organización internacional de turismo España se ubica en el tercer puesto mundial en visita anual de extranjeros, siguiendo solamente a Francia y a China en este parámetro y captando el 7% de todo el turismo mundial (más que países como Italia o los Estados Unidos). La capital, Madrid, ubicada en el centro geográfico de este país es una metrópolis colmada de jardines y parques, cafés y museos, todos los cuales le confieren un carácter policromático y vibrante. Sin embargo, considero que el turista judío no puede dejar de sentir el recuerdo de las sombras inquisitoriales que acechan en la Plaza Mayor, sitio en el cual se llevaron a cabo varias de las ejecuciones o autos de fe de judíos. 

El nombre del país, España o “Hispania” era llamado “Aspamia” en nuestras fuentes clásicas. Nuestros sabios de bendita memoria mencionan a Aspamia como ejemplo de un sitio alejado: “Una persona que duerme aquí (en Babilonia) mas sueña en Aspamia” (Talmud Babilonio Tratado de Nidá 30(2)). El nombre “Sefarad” como sustituto del vocablo Aspamia se origina en la profecía de Ovadiá (1:20) la cual reza: “y la cautividad de Israel que está en Sefarad…”

La historia judía sobre suelo español incluye los períodos más esplendorosos y trágicos que atravesó nuestro pueblo. Estos tiempos se caracterizan por la persecución religiosa, la esclavitud, los libelos de sangre, la inquisición y la expulsión a manos de las autoridades ibero-cristianas. Como contraparte tenemos la edad de oro del judaísmo español en la cual la judería española floreció durante cientos de años tanto bajo gobiernos cristianos como musulmanes. La judería española se caracteriza por el hecho de que tras largos años de florecimiento y prosperidad sufrió enormemente culminando así la prosperidad en expulsión y destrucción. Tras casi dos mil años de continuidad, la presencia judía en España se vio interrumpida hasta finales del siglo XIX. El judaísmo y los judíos desparecieron de la península ibérica, los judíos fueron expulsados, los criptojudíos se escondieron en sus casas y la cultura judía desapareció de los museos. Sin embargo, hace unas décadas, de manera casi milagrosa los judíos retornaron a España para vivir en esta según su fe. En su mayoría no se trataba de descendientes de los expulsados sino de judíos provenientes de Marruecos sin que medie mayormente una conexión entre la vida judía que se vio interrumpida siglos atrás y la que se renovó recientemente.

El retorno de los judíos a este país simboliza una nueva etapa en la cual tras centurias de opresión religiosa se abrió la posibilidad de que estos habiten una tierra que por trescientos cincuenta años prohibió altivamente su ingreso. 

¿Por qué los judíos no retornaron antes a España? ¿Qué los detuvo? ¿Acaso son los judíos quienes se abstuvieron o fueron los españoles quienes les detuvieron? 

Hay quienes conectan entre el no retorno judío y la prohibición o anatema que decretaron en ese sentido las autoridades religiosas judías, empero, en realidad esta prohibición no era necesaria por cuanto que mientras las leyes inquisitorias estuvieron vigentes a ningún judío se le ocurrió volver y además el edicto de expulsión era muy claro en cuanto a que la presencia judía en la península se penaba con la muerte. Sin embargo, además del aspecto legal que se mantuvo vigente mediante decretos confirmatorios del siglo XIX hasta la abolición final de esta normativa en 1834, el no ingreso de judíos a España encierra también un aspecto sociológico muy sencillo y es que es muy difícil asentarse en un país en el cual no se es bienvenido o tolerado. Por lo tanto, debe decirse que los judíos estaban privados de asentarse en España no en virtud de un “boicot judío” sino en virtud de un” boicot español”.

En el pasado se llevaron a cabo intentos de pedir a las autoridades españolas que permitan el ingreso de judíos. Ya en 1641 un judío llamado Jacobo Cansino que radicaba en Madrid mantuvo una negociación con el Duque de Olivares sobre el retorno de los judíos a ese país, empero, este proyecto fue saboteado por el Supremo Consejo Inquisitorial. Asimismo, en días del Rey Carlos II (1665-1700) hubo un intento de devolver a los judíos a España de acuerdo con la propuesta de uno de los ministros de la corte quien pensó asentarlos en las colonias españolas a los efectos de desarrollarlas. Sin embargo, esta propuesta también fue abortada, esta vez por la casa real.

En el año 1802 el entonces rey de España Carlos IV escribió: (OJO, ponerle texto original) “…mi corazón misericordioso y devoto dista muchísimo de permitir cambiar la ley que es aceptada en nuestros dominios en cuanto a no aceptar judíos sin que estos acepten sobre sí la ley de la iglesia ya que deseamos mantener la pureza de la fe católica … es por ello  que ordeno continuar manteniendo la ley inquisitorial sin excepción con aquellos hebreos que ingresen al reino de España…”

Estas premisas son más que claras, está completamente prohibido para todo judío asentarse en España durante las primeras décadas del siglo XIX. Es probable que la leyenda respecto del juramento judío de no retornar a España sea de hecho una suerte de venganza ante la negativa española de no permitir su ingreso. 

La apertura de las puertas de España a la inmigración judía no acaeció de repente o de una sola vez, sino que fue un largo proceso pleno de altos y bajos. Si bien en 1808 las leyes inquisitoriales fueron anuladas por Napoleón estas fueron reinstauradas por el rey Fernando VII en 1814. Nuevamente fueron derogadas entre 1820 y 1823 para ser nuevamente instauradas por el rey Fernando.

Solamente en 1834 se decidió derogar estas leyes definitivamente y en 1865 fueron derogadas también las referidas a la pureza de sangre, las cuales impedían que sirva en un puesto público o de mando a quien no puede demostrar ascendencia católica pura.

En 1968 (hace sólo 50 años) se decretó la anulación total del decreto de expulsión.

Sin embargo, desde el punto de vista estrictamente legal, la derogación del decreto de expulsión no implica que las demás religiones puedan gozar de libertad de culto sobre suelo español o ingresar al país. Según la constitución de 1876 los únicos rituales religiosos permitidos en el dominio público son los católicos. Sólo en la constitución de 1896 se derogó el edicto de expulsión y el entonces primer ministro Emilio Castelar declaró por vez primera que las puertas de España estaban abiertas a los judíos. En 1917 se concedió por primera vez un permiso para la construcción de una sinagoga y comenzaron a realizarse servicios religiosos en el “Beit Midrash Abarbanel”. Cuando finalmente se promulgó en 1968 la ley que garantiza la libertad de culto la comunidad sefaradita ortodoxa recibió permiso de construir en el corazón de la capital, en la calle Balmes, la primera sinagoga desde los días de la inquisición. La primera sinagoga desde la expulsión fue construida en Barcelona en 1954.

El antiguo anatema

Si bien existe una tradición oral en cuanto que los expulsados de España declararon que no volverían a la península ibérica (España y Portugal) para a asentarse, esto carece de una clara fuente o respaldo tanto halájico como histórico. A este respecto  el Rav Kuk escribe: “Sobre el anatema de no asentarse en España no encontré aun una fuente que especifique si se trata de anatema, juramento o voto, y por ende no creo que sea de carácter más estricto que la prohibición de asentarse en la tierra de Egipto la cual aplica sólo para residencia permanente mas no si se trata de una visita por trabajo con la intención de retornar posteriormente al país del cual se proviene” (Igueret HaReaiá II 632). En la responsa Kol Mevaser el Rabino Meshulam Rate (3:3) escribe: “En cuanto a lo que se dice que los expulsados de España decretaron un anatema por efecto del cual no retornarían a ese país, no lo encontré documentado en libro alguno por lo que esta tradición carece de fundamento sólido (más aun, en la responsa “Mabit” 1:307 se demuestra lo contrario: “puesto que ni hay judíos en Aragón hace ya setenta años, y creemos que ningún judío se asentará ya en esos lares pues el Eterno Bendito Sea reúne a Su pueblo en la tierra de Israel prontamente. Analízalo detenidamente y lo entenderás”).

Tras haber revisado e investigado el tema de si existe o no un fundamento sólido para el anatema encontré únicamente en los reglamentos del “Ma´amad” de Londres en el siglo XVIII que pende una prohibición de retornar a ese país para los descendientes de cripto judíos que salieron de España y retornaron al judaísmo en el extranjero, por razones obviamente comprensibles para ese grupo específico pero que no se aplican para el resto del pueblo judío. 

El retorno a España, ¿cuándo y por qué?

Hasta cuanto sabemos, antes del 1834, año en que se abolieron las leyes inquisitoriales no hubo judíos en España. Solamente en la segunda mitad del siglo XIX presenciamos un cambio que causó el retorno de estos al país por lo que comenzaron a fluir paulatinamente y en pequeños números. En 1877 había 406 judíos en toda España 31 de los cuales residían en Madrid. En 1900 su número ya alcanzaba los mil. 

El fundamento legal de su ingreso fue la reforma constitucional de 1868 que dejó sin efecto el edicto de expulsión de 1492 y garantizó la libertad de culto y consciencia para todos los habitantes sea cual fuere su fe. Sin embargo, esto no afectó el carácter oficial del credo católico en el país. 

Además, la situación de los judíos de la vecina Marruecos les forzó a abandonar ese país en busca de nueva residencia. Las guerras que comenzaron en el Norte de África entre 1859 y 1860 sumadas a las dificultades económicas en las ciudades marroquíes, la explosión demográfica en los barrios judíos, la propagación de la malaria y otras enfermedades contagiosas, el encarcelamiento de judíos por parte de las autoridades, la demolición de sinagogas, las persecuciones, el sufrimiento tanto corporal como espiritual y los pogromos causaron la emigración desde Marruecos en dirección a España. Efectivamente, los primeros judíos comenzaron entonces a retornar a España tras cuatrocientos años de ausencia asentándose principalmente en las ciudades sevillanas en el Sur del país. En esos años ingresaron solamente unas decenas de judíos.

Paralelamente a estos eventos en el Norte de África, en el sur de Rusia comenzaron a estallar pogromos en reiteración real, entre ellos los fatalmente conocidos de Kiev y Odessa de 1881. Muchos judíos huyeron a países vecinos tales como Austria, Rumania, Turquía y en determinado momento pidieron a las autoridades españolas permiso de ingreso. Por cuanto que varios de entre los refugiados eran descendientes de los expulsados de España, el Rey Alfonso XII abrió ante ellos las puertas del país y hasta dijo: “Bienvenidos a vuestra antigua patria”. Durante la primera guerra mundial el parlamento español debatió respecto de la posibilidad de proteger a los judíos de los Balcanes descendientes de los expulsados de Sefarad.

En los inicios del siglo XX continuó el flujo migratorio judío hacia España mas esta vez se asentaron principalmente en Madrid. Judíos llegaron a España durante la primera guerra mundial y encontraron en ésta refugio. Entre los inmigrantes se encontraba el prominente líder sionista Max Nordau quien fuera expulsado de Paris en el inicio de la guerra teniendo que asentarse en España hasta el final de esta. 

Actualmente viven en España unos 30.000 judíos. Hay quienes sostienen que esta cifra es exagerada y no refleja la realidad. Es menester recordar que muchos judíos llegaron a España provenientes de Sudamérica durante los años de las crisis económicas, aunque la mayoría de estos retornaron posteriormente a la Argentina, el Uruguay etc. 

En el presente los dos principales centros judíos de España son Madrid y Barcelona. Sin embargo, existe otra decena de pequeñas o pequeñísimas comunidades judías agrupadas bajo el rótulo de la “unión de comunidades judías españolas” en: Málaga, Torremolinos, Marbella, Granada, Sevilla, Valencia, Palma de Mallorca, Melilla y Ceuta (estas últimas en el Marruecos español).

Antisemitismo a la española

Parecería que a pesar de que los judíos en España son relativamente nuevos, el antisemitismo es antiquísimo. Los judíos cambiaron y no son la continuación natural de aquellos que fueron expulsados, empero, la actitud hostil hacia ellos no ha variado. Cientos de años de prédica católica antijudía tanto pública como práctica han dejado una huella indeleble en los habitantes de este país. El antisemitismo en España está tan profundamente enraizado que encuentra renovadas manifestaciones en la mentalidad de la gente, tanto en términos lingüísticos como de estereotipos que resultan imposibles de erradicar de la cultura popular. El antisemitismo está presente no solo en virtud de los nuevos inmigrantes musulmanes como en otros países europeos sino a raíz de los antiguos habitantes cristianos. 

Años y años de ataques a judíos, inquisiciones y expulsión no se pueden borrar con facilidad. A pesar de que durante siglos ningún ojo español se topó con un judío el odio profundo de los españoles para con nuestro pueblo no ha desaparecido en lo más mínimo. España es hasta el día de hoy uno de los países más antisemitas de Europa y en este el vocablo “judío” es sinónimo de traidor, extraño, hereje y adversario político.

En el diccionario oficial de la real academia española se preservaron conceptos que expresan una actitud hostil hacia nuestro pueblo. Del vocablo “hebreo” dícese que es “un israelita o judío que “aun” mantiene su fe mosaica y se dedica al comercio”. La palabra “aun” expresa claramente la actitud implacable de la iglesia en cuanto a que la única fe verdadera es la católica y la definición de hebreo como comerciante no es traída a colación en virtud de la admiración que esta profesión despierta a los ojos del espíritu popular sino con un tono de desprecio y crítica abierta.

De acuerdo con el diccionario de la real academia en su edición de 1956 “judío” es un “tacaño prestamista a interés”.

Hacer una “judiada” significa realizar una acción inmoral digna de un judío. Esta palabra figura explícitamente en el diccionario de la real academia de 1956. En 1988 este vocablo fue “corregido” y sustituido por: “Acto negativo que en el pasado se consideraba digno de un judío”. En efecto, hay aquí un cambio de estilo, pero no de contenido, la conclusión es clara: los judíos realizan acciones que no son apropiadas y esto les particulariza. Hasta hoy, en el lunfardo español cuando alguien quiere decir “no me engañes” dice “no hagas una judiada”, o sea, una acción digna de un judío.

El vocablo “sinagoga” tampoco ha sido renovado en los diccionarios de la lengua española y se define como “lugar de reunión en el cual los judíos rezan y oyen la ley de Moisés” y también como “sitio de encuentro de personas que planifican un acto ilegal o procuran pleito”.

De esta manera la imagen del judío en España se tornó deforme e imaginaria sin que refleje a una persona real que habita en la península ibérica o en el mundo.

Sin embargo, a pesar de los sentimientos antisemitas y antiisraelíes que caracterizan a la población española no podemos pasar por alto la visita simbólica que realizara el rey de España en 1992 a la sinagoga de Madrid conmemorando los quinientos años de la expulsión. En este evento se puso de manifiesto el deseo del pueblo español de renovar su vínculo con el pueblo judío. El entonces presidente de Israel Jaim Herzog también participó de este magno acontecimiento. 

Asimismo, otro punto favorable en la relación sensible y ambivalente de España hacia los judíos se puso en evidencia con el salvataje de muchos de nuestros hermanos durante la segunda guerra mundial. En 1924 se proclamó un decreto por medio del cual se concedía ciudadanía española a toda persona de origen sefaradí, especialmente a los originarios de los Balcanes. Esto salvó cuantiosas vidas de judíos que hallaron refugio en España. Muchos judíos alemanes se refugiaron en este país entre 1931 y 1936. A pesar de la postura oficial del Gral. Francisco Franco de apoyo a las fuerzas del eje, no se puede pasar por alto los numerosos intentos y gestiones llevadas a cabo por el gobierno español que condujeron a la salvación de judíos que eran ex ciudadanos españoles o sus descendientes, tanto durante el holocausto como con posterioridad al mismo. España gestionó la liberación de judíos españoles de los campos de exterminio. De esta manera se produjo una situación única amén de interesante, tras concluir la segunda guerra mundial la mayoría de los judíos miembros de la comunidad judía española eran de origen askenazí. 

La neutralidad española durante la segunda guerra mundial permitió a 25.600 judíos usar a ese país como vía de escape de Europa. Sin embargo, la gran mayoría de estos abandonaron España tras concluir la guerra.

El vínculo ambivalente de los judíos hacia España se mantuvo a lo largo de los años no solamente en el ámbito de la memoria histórica sino también en el de los hechos reales. Incluso tras haber sido expulsados de España, los judíos continuaron hablando en ladino (“Mame Loshn”) en todos aquellos rincones del imperio otomano a los que arribaron, desde Marruecos y Turquía hasta los Balcanes, Salónica y el Sur de Italia. 

No hay como un idioma para reflejar la cultura y el espíritu de quienes lo hablan. El ladino era el idioma de los exiliados de España y Portugal que se dispersaron a lo largo y ancho del Mar Mediterráneo. Cuando los judíos fueron expulsados de la península ibérica se llevaron consigo la lengua que empleaban, esto es, el español del siglo XV que se hablaba y escribía en la España de la época. Por ello el ladino hoy día preserva la gramática española de entonces, tal como aquellas personas que en la actualidad hablan hebreo bíblico o mishnaico en pleno siglo XXI. Incluso en la actualidad existen numerosas comunidades en las cuales los judíos preservan esta lengua y se esfuerzan por evitar que se pierda para que de esa manera no se corte el centenario nexo con su patria y hogar, España.

Muchos de los judíos expulsados continuaron cultivando su cultura española en el exilio. Las compras, la comida, el mercado, la carnicería, todo se continuaba llevando a cabo en ladino, los judíos carecían de amigos gentiles sino que únicamente socializaban con sus hermanos de habla ladina.  Continuaron rezando con la misma tonada que en España, cantando las mismas melodías y romances, comiendo los mismos platillos   de otrora entre los que se incluían los “huevos jaminados” y las “burrequitas”.

En diversos confines del mundo judío conocí personalmente familias judías que conservan hasta el día de hoy las llaves de las casas que dejaron en España pues a lo largo de las generaciones soñaban con volver. 

Asimismo, se preservaron los apellidos de los judíos sefaradíes y testimonian la cadena ininterrumpida de las raíces judías sefaradíes; entre ellos Saporta, Nahmias, Shaltiel, Cohen, Halegua, Pardo, Shabtai y Moljo.

El profundo dilema que embarga a los judíos que viven actualmente en España lo escuché de uno de los ancianos de la comunidad: “la inquisición todavía no nos ha abandonado, pensamos en ella, vivimos bajo su sombra, recordamos a sus víctimas, pero rezamos por una vida mejor y un futuro promisorio para este país”. Creo que el complejo sentir de un judío que vive en un país que conjuga simultáneamente una cultura esplendorosa y la destrucción es dable de comprender desde las letras del poema que escrito por Rafael Cansinos, un autor descendiente de cripto judíos, con motivo de la inauguración de la sinagoga de Madrid. Este poema expresa el distanciamiento de los judíos de España y el anhelo de retornar a esta.

Además, el rey de España al visitar la sinagoga conmemorando los quinientos años de la expulsión dijo "¡Cuánto os hemos echado de menos!".

Y yo agrego, ¿acaso esto es así?

Actualmente, una generación más tarde el gobierno español declaró su intención de conceder la ciudadanía a todo judío que pueda probar que es descendiente de los expulsados. Sin entrometerme en el criterio de la decisión y los móviles que motivaron esta decisión histórica, se trate de sentimiento de culpa, gesto simbólico o una necesidad demográfica y económica, me cuesta entender el entusiasmo que embarga a tantos judíos al saber de la posibilidad de aplicar para recibir la ciudadanía de un país en el que se vertió tanta sangre judía en el pasado y que en el presente es tan antisemita y tan antiisraelí.

El pueblo judío es conocido por su capacidad de supervivencia, por el “genio judío” o “ídishe kop”, ¿cómo entonces se les ocurre a los judíos volver a la España de la que fueron cruelmente expulsados en el pasado y a la que tantos abandonan en el presente?

De todas maneras, es de destacar que hasta el momento ni los legisladores hispanos ni los judíos en España u otros sitios saben cuáles son los requisitos para acceder a la ciudadanía española. ¿Es necesario descender de españoles por ambos padres o alcanza con uno solo? Un descendiente por parte de padre que no es judío de acuerdo con la halajá, ¿puede aplicar o solamente puede hacerlo la familia biológica de una madre judía que fue ejecutada por la inquisición? ¿Es necesario que el aplicante abrace la fe judía y crea en el Dios de Abraham Itzjak y Yaakov, o acaso si es descendiente de sefaradíes, aunque hoy sea cristiano es suficiente?

Algunos dicen que únicamente los rabinos son quienes deben decidir quién es sefaradí tal como establecen quién es judío. Esto tampoco está claro en cuanto al criterio a ser aplicado. ¿Cómo habrán de determinarlo? ¿En virtud del apellido solamente? ¿Sobre la base de documentos que se encuentran únicamente en los sótanos de la inquisición o mediante árboles genealógicos prácticamente irrecreables? Se trata de una misión compleja, difícil y no siempre real.

Creo que debemos aplicar nuestro antiguo principio según el cual “si te dicen que hay Torá entre las naciones no lo creas, si te dicen que hay sabiduría entre estas créelo” Sería inteligente y procedente si el pueblo de Israel prestase atención a la idea subyacente en el decreto del gobierno español y lo aplicase para sí. Hay descendientes de judíos españoles y de cripto judíos dispersos por el mundo entero. En España, Portugal, Grecia, el Sur de Italia, México, Brasil, Colombia, El Salvador, Texas, Nuevo México y la Florida.  En estos sitios viven muchas personas que se ven a sí mismos como hijos del pueblo judío y piden retornar a su fe original. Quizás sea importante y corresponda que un pueblo sabio y entendedor confíe en la sabiduría de la nación española y adopte este principio.     



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