2017-12-10 [Num. 647]


Judaísmo  - Lugares

El cementerio judío de Varsovia, patrimonio cultural europeo

Por Ricardo Angoso
2017-03-15

Cementeriovarsovia1

El cementerio judío de Varsovia, llamado también de Odrowaza por la calle en la que se ubicaba, es uno de los monumentos más importantes del arte judío europeo y una de las pocas muestras que quedan en Polonia de la rica presencia hebrea. Polonia fue, sin duda, el principal centro judío de Europa central y del Este, donde vivieron algo más de tres millones de hebreos organizados en cientos de comunidades con sus cementerios, sinagogas, escuelas talmúdicas, restaurantes, teatros, liceos, colegios y un sinfín de instituciones culturales y sociales. Lamentablemente, al igual que ocurrió en otras partes de Europa, el Holocausto “barrió” para siempre la vida judía de Polonia, donde ya apenas quedan judíos e instituciones hebreas. Se calcula que más de tres millones de judíos polacos, muchas veces con la complacencia y casi siempre el silencio de sus vecinos, fueron enviados a los campos de concentración nazis.

Fue fundado este cementerio en 1780 por el comerciante judío Szmul Zbytkower, quien recibió en agosto de este año el privilegio por parte del rey Stanislao el privilegio de fundar esta área sagrada en la villa de Targowék, aunque seguramente los primeros entierros en dicha área se produjeron en los años cincuenta y sesenta de esa misma centuria. El cementerio inicialmente comprendía 18,5 hectáreas y servía como recinto sagrado para las comunidades judías de Praska y Varsovia, donde también había otro cementerio, el de Okopowa, que servía para enterrar a los judíos más pobres de la comunidad de la capital polaca.

Los fundadores del cementerio, como Szmul Jakubowicz Zbytkower y Abraham Stern, miembro prominente de la Sociedad de Amigos de la Ciencias de Polonia, serían enterrados en el cementerio junto a otras prominentes figuras de la vida judía, como el poeta Antoni Stonimski, en el siglo XIX, la época dorada de la vida judía centroeuropea tanto en la capital polaca como en otros lugares, tal como relataría Stefan Zweig en La vida de ayer.

Durante la Segunda Guerra Mundial, nada más producirse la ocupación alemana de Polonia, los nazis destruyeron una buena parte del recinto, usando parte de las tumbas en la construcción de carreteras, e imposibilitando el acceso al recinto de la comunidad. Luego el cementerio, tras el dramático final de la comunidad polaca, enviada a los campos de la muerte, quedo en el abandono. No hay tumbas a partir del año 1939, cuando comienzan las primeras medidas antihebreas y se crea el tristemente conocido como el Ghetto de Varsovia. 

Muy cerca del cementerio se encontraba el Ghetto y en sus alrededores se desarrollaron los tristes sucesos del levantamiento de 1943, cuando los judíos, organizados en varias redes clandestinas, como la conocida Zegota, se alzaron en armas contra los nazis, con los resultados de sobra conocidos: los supervivientes y resistentes detenidos fueron ejecutados o enviados a los campos de concentración. Al menos, tuvieron la suerte de morir con dignidad y honor, ya que un año antes, en 1942, la población judía del Ghetto de Varsovia fue concentrada en la estación de Umschlagplatz y enviada a Treblinka, muy cerca de la capital polaca por tren, y otros campos de exterminio. Apenas hubo supervivientes.

Pero no sólo se destruyeron las vidas humanas, sino que los nazis, empeñados en la “destrucción total” de la judería europea, también se esforzaron en la eliminación física de todo vestigio o resto de la vida hebrea. En 1944, y una vez que el Ghetto había sido completamente “limpiado”, la maquinaría alemana alisó la zona y no dejó ni un solo edificio en pie. Ya se sabe, de aquello de lo que no queda ni un solo vestigio o fósil es tan sólo pasto de la manipulación, la mentira y la falsificación histórica; en el ideario nazi, pensaban, destruyendo todos los restos materiales se podía cambiar la historia y hacer desaparecer para siempre a aquellos que, en su nefando pensamiento, consideraban como “infrahumanos”. 

Unos 400.000 judíos mayoritariamente askenazíes, sobre un censo de 1.310.000 habitantes, vivían en la capital polaca antes de la guerra, donde constituían un importante grupo social, político, cultural y económico, con numerosas instituciones de todo tipo y una rica y organizada vida a todos los niveles. Los judíos participaban notablemente de la vida cultural y social de la vida polaca, habiendo aportado numerosos escritores, poetas, dramaturgos y artistas a las letras y las artes polacas. Es decir, era el más importante centro humano y cultural de los judíos de la Europa yidish.  Luego el dramático final pondría el punto y final a una trayectoria de cientos de años. Hoy apenas quedan unos dos mil hebreos, como mucho, en toda la capital polaca.

Una vez terminada la guerra, y ya instalados los comunistas en el Gobierno de Varsovia, el cementerio fue abandonado por las nuevas autoridades y tampoco se produjo un reconocimiento por la parte polaca a los daños y sufrimientos sufridos por la población judía. Incluso, en aquellos años de la Guerra Fría, nadie quería ni oír hablar del Holocausto y los polacos, entre los cuales se encontraban muchos verdugos voluntarios de Hitler, no querían abrir las viejas heridas de la guerra. También el tradicional antisemitismo polaco, quizá por influencia de una Iglesia católica siempre muy beligerante hacia los judíos, tenía mucho que ver con ese silencio escasamente compasivo. Al día, todavía no se ha producido ese reconocimiento y homenaje a las víctimas del nazismo.

Hasta 1948 no se construyeron los primeros monumentos a los luchadores del Ghetto de Varsovia, mayoritariamente judíos, aunque la historiografía polaca siga sin reconocerlo, y el cementerio estuvo prácticamente abandonado durante la época comunista. Incluso existió en la sociedad polaca, tanto en la oficial como en la privada, una suerte de censura relativa a todo lo relacionado con el Holocausto, llegando ser prohibidos numerosos ensayos, novelas y obras en general relativas al tema, como la autobiográfica de El Pianista, del músico polaco de origen judío Władysław Szpilman.

Tendrían que pasar casi 34 años, hasta 1982, para que alguien se fijara en la belleza de las tumbas y la importante historia que cada una de ellas depositaba para que las autoridades comunistas autorizasen su arreglo y las obras de reacondicionamiento, tras obra de abandono y olvido. Y así, como por arte de magia, la Fundación Nissenbaum consiguió los necesarios fondos y ayudas para comenzar los trabajos. Unos meses después, el cementerio de Odrowaza abría sus puertas, por la calle Wicenty, y se convertía en uno de los pocos recintos que mostraban la riqueza y la importante trayectoria que había tenido la vida hebrea en Polonia.

Músicos, pintores, artistas, escritores, arquitectos, empresarios, banqueros y un sinfín de profesiones, nombres, edades y condiciones se dan cita en este buen museo de la cultura judía polaca. También europea. Para terminar, una consideración personal: creo que el cementerio judío de Varsovia es, junto con el Praga, Cracovia y Wörms, por este orden, uno de los más impresionantes de Europa. Si va a Varsovia, ciudad no muy visitada por los turistas, no se olvide de visitarlo.



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