2019-12-07 [Num. 751]

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Columnistas  - Rabino Eliahu Birnbaum

Rabino Eliahu Birnbaum

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Por Rabino Eliahu Birnbaum
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El Rabino Birenbaum es el fundador y director del Instituto de AMIEL –preparación para rabinos y líderes espirituales-, Dayán -juez en el Tribunal Rabínico Superior del Rabinato de Israel, rabino de Shavei Israel y autor de varios libros de temática judía.

Jupot especiales

2019-11-26

Wedding
Si desea escuchar la lectura el artículo puede acceder aquí.

Audio: Vilma Chaskel

Una de las funciones más importantes que lleva a cabo un rabino, tanto en Israel como en la diáspora, es la de efectuar enlaces nupciales 

El rabino es considerado experto en las leyes relativas a la realización de una ceremonia matrimonial y por ello se le confía que case a las personas de acuerdo con las leyes de Moshé e Israel, de modo tal que tras su intervención las personas estén adecuadamente unidas en matrimonio conforme a las reglas. En la enorme mayoría de los países del mundo los judíos que se casan deben llevar a cabo dos ceremonias, una civil y otra religiosa. La pareja en cuestión necesita recurrir a un juez y a un rabino a los efectos de quedar casados tanto a ojos de Dios como de los hombres, o sea, de acuerdo con la halajá y las leyes del país. En Israel, una pareja que desea casarse debe inscribirse en el consejo religioso de su región de domicilio o donde un rabino con facultades de inscripción nupcial que resida en las inmediaciones del domicilio de al menos unos de los novios, y que, por lo general no los conoce personalmente. Sin embargo, el rabino de la diáspora que inscribe a la pareja y la casa suele conocer a las dos familias y en algunos casos también a los mismos novios. Este tipo de relacionamiento permite también una mayor cercanía durante el casamiento. 

Si bien la ceremonia de enlace matrimonial es de carácter significativamente halájico y judicial ya que por su intermedio se genera una nueva realidad legal, de todas maneras, posee también un componente emocional sumamente importante vinculado a la relación íntima entre los cónyuges. Por esta razón, es muy común que el rabino en cuestión amén de realizar la ceremonia acompañe previamente a la pareja y la asesore en la planificación de la misma respondiendo las diferentes interrogantes y dilemas que pudieran surgir durante este proceso. 

Durante los años en que ejercí el Rabinato tanto en Israel como en la diáspora llevé a cabo miles de enlaces, empero una jupá nunca se asemeja a otra. Así como los rostros humanos son diferentes el uno del otro, de igual manera cada jupá difiere la una de la otra. Las particularidades tanto de los novios como las de sus familias generan una situación en la cual cada ceremonia requiere de un tratamiento especial, de un enfoque personalizado, así como también hacen necesario contemplar y tomar en cuenta a las personas participantes en un sin fin de aspectos. 

Quisiera presentar al lector una serie de jupot especiales o de circunstancias particulares relativas a los novios que desembocan en una jupá diferente. 

Hace unos años, un muchacho discapacitado en silla de ruedas me pidió que lo case. Se trataba de una persona que había sufrido un grave accidente de tráfico que le dejó lisiado en todo su cuerpo. Solamente podía mover el cuello y la cabeza. Los médicos y los ingenieros lograron producir para él una silla de ruedas que se mueve mediante la activación de un control con el uso de la vista sin necesidad de usar brazos o piernas. La novia, una muchacha sana y bien parecida, había sido su terapeuta y se enamoró de él en el marco del tratamiento. Es difícil de describir en qué medida durante las reuniones preparatorias para la jupá se percibía claramente el profundo amor que se tenían. Por otra parte, temían que la ceremonia ponga de manifiesto la discapacidad del novio avergonzándolo frente a sus invitados. Al novio le preocupaban especialmente dos momentos de la jupá, cómo habría de colocar el anillo en el dedo índice de la novia y cómo habría de quebrar la copa, ya que no podía mover ni sus manos ni sus pies. En un primer momento le dije que no había problema alguno ya que la halajá permite desposar una mujer por medio de un apoderado y él podía designarme como tal ante los testigos y entonces yo le entregaría el anillo ante estos, y lo mismo se podía hacer respecto del quiebre de la copa. Sin embargo, el novio no manifestó especial entusiasmo ante la idea original que le propuse e incluso la vio como ofensiva. Al igual que muchos otros novios, el nuestro consideraba que si no pisaba él mismo la copa el matrimonio carecía de validez y no auguraba bendición. El quiebre de la copa es muchas veces percibido como la parte más importante de la ceremonia, y, por lo tanto, sumando todas las creencias existentes, quien no entrega el anillo y no quiebra la copa no es un verdadero novio. 

Es así que comenzamos a pensar juntos cómo podría hacer para entregar el anillo y quebrar la copa por sí mismo y de esa forma poderse sentir como un novio que se desempeña cabalmente como tal bajo la jupá. 

Se nos ocurrió que previo al acto de consagración o kidushín yo entregaría el anillo al novio poniéndolo en su boca, el recitaría "quedas consagrada para mí por medio de este anillo", la novia abriría palma de su mano y entonces el novio lo depositaría en esta. 

Esta idea se basa en el hecho de que por la base misma del derecho halájico la novia debe recibir un anillo mas no necesariamente mediante la inserción del mismo en su dedo índice derecho. Este es el dictamen del autor del Shulján Aruj: "Quien consagra para sí una mujer por medio de dinero, de un objeto valioso o por medio de un documento de compromiso no está obligado a colocarlo en la mano de la novia, sino que, de así quererlo hacer, puede lanzarlos tanto hacia las manos de la novia, sobre su regazo, al interior del patio de su casa o en su campo y la consagración habrá de tener vigencia. En caso de que la novia se encuentre junto al novio, este deberá colocar el objeto en su mano o sobre su regazo" (Shulján Aruj Even HaEzer Hiljot Kidushín 30:1-2). De aquí aprendemos que no es necesario que el anillo sea colocado en el dedo de la novia, sino que debe ser transferido de la mano del novio a la de la novia. Además, según la opinión de algunas autoridades halájicas en el caso de una novia que está en su período de impureza el novio entrega el anillo en la mano de esta y no lo introduce en su dedo índice (Taharat Israel 192:35, Minjat Itzjak 3:83). 

A los efectos de quebrar la copa se nos ocurrió otra solución. En un primer momento pensamos que el novio sostenga la copa con su boca y al liberarla y caer se habría de romper. Sin embargo, al novio le embargaba el temor de que la copa no se rompiese al caer, por ello adherimos la copa a una de las ruedas de la silla y al momento de romperla el novio habría de activar la silla, la cual al avanzar habría de romper la copa en cuestión entre la rueda y el suelo. 

Una vez que diseñamos los métodos por medio de los cuales el novio habría de cumplir con su parte en la ceremonia practicamos varias veces hasta asegurarnos que todo era efectuado exitosamente. Sin embargo, el acto de entrega del anillo se enfrentó a una nueva complicación, ya que la ceremonia se habría de realizar en un sitio muy especial. En el medio de una piscina olímpica se construyó una especie de isla flotante con un camino de acceso a la misma también flotante. El novio temía que, de no ser preciso, el anillo podía caer al agua en vez de al interior de la mano de la novia. Por esta razón, el novio compró tres anillos, por si los dos primeros caían al agua...

Años más tarde, me tocó llevar a cabo el enlace de un muchacho de treinta años en silla de ruedas. También este había sido víctima de un grave accidente automovilístico en su temprana juventud y desde entonces no conseguía mantenerse de pie. En el caso de este novio, la parálisis afectaba a los miembros inferiores del cuerpo. Tal como se acostumbra en una jupá, el novio ingresó en su silla de ruedas acompañado por sus padres quienes sostenían sus manos a ambos lados. Empero mi gran sorpresa fue cuando el novio ascendió a la jupá. En las semanas previas al enlace el novio me había expresado que su gran sueño era estar de pie bajo el palio nupcial. Si bien me era claro que se trataba de un deseo íntimo acompañado de no poca esperanza, en lo personal me resultaba claro que esto no era factible. Grande fue mi sorpresa cuando vi que el novio tras ingresar a la jupá en su silla de ruedas logró ponerse de pie con la ayuda de un grupo de personas que le ayudaron a levantarse de la silla y vestir una especie de pantalón metálico que un artesano elaboró para él por encargo. Estos hierros, que fueron colocados alrededor de sus piernas, lograron mantenerle erguido durante toda la ceremonia. Tal fue mi emoción que llevé a cabo toda la ceremonia y todo el recitado de las bendiciones con lágrimas en los ojos. Tras acostumbrarme a ver a Daniel, el novio, en una estatura baja sobre su silla de ruedas, de repente pude verlo en su altura completa de un metro noventa. No sólo su cuerpo se elevó en su completa estatura, sino que su espíritu y sus ojos irradiaron felicidad y alegría por la jupá, por su flamante esposa así como por su firme y erguida postura.       



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