2025-04-03 [Num. 1029]


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Artículos  - Actualidad y Medio Oriente

Victor Zajdenberg

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Por Victor Zajdenberg
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- Columnista Hashavúa -

Los “Hashashin” están entre nosotros

2025-04-02

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“Mostradme qué ha traído Mahoma de nuevo, y sólo encontraré cosas malignas e inhumanas, como su disposición de difundir por medio de la espada la fe que predicaba”.
Papa Benedicto XVI

Siempre me ha obsesionado el origen del instinto asesino de las innumerables sectas criminales islámicas, especialmente a partir de AlQaeda, guiado por Osama bin Laden; el Estado Islámico (ISIS) de AL Bagdadi; Hamás de Ahmed Yasin y Yahya Sinwar; Hezbollah de Hasán Nasralá, todos ellos ya eliminados, y los numerosos “Lobos solitarios” que pululan por todo el mundo.

Leyendo la trayectoria de Marco Polo (1254-1324) en el libro de Maurice Collis (fce) se puede conocer que éste engendro comienza en una zona transitada por el veneciano, entre Persia y el Mar Caspio, con un personaje que los habitantes del lugar denominaban “El Viejo de la Montaña” que había vivido en Alamut (Nido de Águila) en un gran castillo donde había un valle escondido.

Dicho valle había sido convertido en un jardín con árboles frutales, flores y corrientes de agua fresca y cristalina. La decoración era suntuosa con lámparas y alfombras y en cada pabellón había doncellas que bailaban, cantaban y tocaban instrumentos musicales. Los criados servían copas de vino y manjares sin límite.

El objetivo del “Viejo” era crear la imagen de un “Paraíso” y utilizarlo con multas políticas y militares a fin de controlar coactivamente a sociedades e individuos bajo una ideología absolutista para que sus secuencias estén en condiciones de cometer crímenes y asesinatos ordenados por dicho personaje.

El “Viejo de la Montaña” era el Jefe de una secta de musulmanes herejes llamada “los Ismailitas” fundada 200 años antes y era considerado como el “Vicario de Dios”. Sus discípulos eran adiestrados como para cumplir las órdenes que les impartía a fin de asesinar a quien se les indicaba, y para su ejecución se mezclaban entre la multitud de una Mezquita o de una Congregación.

El método para captar a los futuros asesinos era hablarles de las delicias del “Paraíso” al que podrían acceder por ser premiados después de cumplir con el mandato y deleitarse con sus placeres y exquisiteces, ya sea que regresen vivos o como mártires. Para acondicionarlos les hacía beber “hachís” (droga oriental) para que actúe en el sistema nervioso central del cerebro y puedan aceptar la orden recibida y acometer el asesinato correspondiente.

De la palabra árabe “hachís” que también se la llama “ahaxix” proviene “hashashin” y en español “asesino”, término que ha engendrado desde el año 1090 hasta nuestros días a toda ésta caterva de homicidas que asolan a Israel en particular y al mundo en general.



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