Hashavua Año 12 - 17 de Agosto de 2017

Judaismo

Una niña frente al Holocausto

Ana María Goldstein:

Testigo de la historia de Europa (1942-1956)

Parte II

 

Por Ricardo Angoso

@ricardoangoso

rangoso@iniciativaradical.org

 


La llegada a Colombia


Ricardo Angoso: ¿Y cómo llegaron a Colombia, de qué forma se fraguó ese viaje desde Hungría?

 

Ana María Goldstein: La buena suerte tiene un nombre: mi tía. Ella escapó de Hungría en el año 1947, ya cuando los comunistas se habían hecho con el poder total en el país, y llegó hasta Austria. Allí, solicitaron la visa a los Estados Unidos y esperaron varios años en vano.  Un amigo les comentó que era posible conseguir visas para Colombia y que era un país maravilloso. Llegaron en el año 1950. Así, nuestra familia también solicitó la visa después de la fallida revolución de 1956 para emigrar a Colombia. Era, además, el único país donde nos quedó un pariente vivo tras el Holocausto.

 

R.A.: ¿Y sus primeros años en Colombia cómo fueron?

 

A.M.G.: Colombia me fascinó por muchas cosas. Primero por el paisaje, tan distinto al del Hungría tan plano y chiquito, y estas montañas tan fascinantes. Las frutas, la gente, todo me llamaba la atención.  Era mucho más fácil relacionarse, las personas eran abiertas y poco complicadas, se expresaban de manera más natural que en Hungría donde por culpa de la dictadura, todos desconfiábamos de todos. Siempre existía el temor de que el vecino, o hasta un amigo te delatase o acusase de haber hecho o dicho algo en contra del sistema. Eso traía repercusiones graves y duraderas. 

 

R.A.: ¿Usted con sus padres hablaba abiertamente de todas las cosas que habían sucedido en el pasado?

 

A.M.G.: Desde muy pequeña sentí que había temas que no debía mencionar porque vi la tristeza en mis padres  Y, obviamente, yo no quería verlos sufrir, así que no me atrevía a preguntar. Mi padre jamás pudo hablar de su mamá y del hermano hasta poco antes de morir. Mis padres nunca me contaron como fue su vida antes del Holocausto. Tal vez porque les dolió tanto que se hubiera esfumado o porque sus recuerdos estaban tan arraigados en su memoria que no necesitaban hablar de ellos. En mi madre solo palpaba una infinita tristeza, mas jamás la vi llorar

 

Algunos recuerdos de la guerra


R.A.: Porque, en su caso, hubo un doble sufrimiento por ser judíos y por sufrir como todos los húngaros las penalidades de la guerra.

 

A.M.G.: Recuerdo un bombardeo y el sonido de las sirenas, que todavía me persiguen, aun el sonido de las ambulancias .En Budapest siempre que cruzaba los puentes que unen las dos orillas del Danubio me preguntaba si sería capaz en caso de que se vinieran abajo cruzar a nado el río y llegar a la orilla. Fue mi recuerdo de los puentes dinamitados  por los alemanes los que causaron ese temor.

 

El regreso de la bestia


R.A.: ¿Le preocupa lo que está ocurriendo en Europa con el ascenso de la extrema derecha?

 

A.M.G.: Me preocupa mucho esa realidad. Este año pienso viajar a Europa y tengo deseos de ir a Hungría. Quiero ver mi ciudad e ir al cementerio, pero leyendo los periódicos y oyendo las noticias de cómo la ultraderecha está ganando terreno me hace titubear. No por miedo, sino por profundo disgusto con esta situación.

 

Parece un fenómeno global que está contaminando todo. Se extiende la mancha ultra y ya ha llegado a Francia, Grecia y Polonia, junto con otros países. Incluso a Alemania. Están ocurriendo cosas tan absurdas, como que surgiera un partido nazi, el Amanecer Dorado, en Grecia, un país que fue ocupado y cuyo pueblo fue torturado por los nazis. 

 

R.A.: ¿Le sorprende el ascenso del antisemitismo en Francia?

 

A.M.G.: Es un antisemitismo de vieja data, no es un fenómeno nuevo. No era un antisemitismo de asesinar, sino más bien retórico, de detestar al judío, de separarlo, no aceptarlo y de discriminarlo. La extrema derecha y la extrema izquierda se unen con los extremistas islámicos para hacer campañas contra Israel y también contra los judíos. Para ellos Israel y los judíos son lo mismo. El nuevo antisionismo es el mismo  antisemitismo de antaño.

 

R.A.: ¿Lo curioso es que asistimos a un antisemitismo sin judíos como ocurre en Europa del Este?

 

A.M.G.: Así ocurrió, por ejemplo, en Polonia después de la Segunda Guerra Mundial. Apenas quedaron judíos allí. Fueron eliminados casi en su totalidad en el Holocausto, sin embargo el sentimiento antisemita pervivió. Ese odio viene de siglos y es enseñado, incubado y heredado, no es algo que venga de la nada.  Por tanto, creo que la única forma de derrotar y vencer al antisemitismo es a través de la educación, de la enseñanza de unos nuevos valores universales.

 

R.A.: En cierta medida, Colombia para ustedes fue un paraíso porque aquí no había antisemitismo.

 

A.M.G.: Nunca lo sentí en Colombia. Hubo un gobierno que negó la entrada a los judíos durante los años treinta,  pero no es el sentir general de la sociedad. 

 

Enseñanzas del Holocausto


R.A.: ¿Qué mensaje les daría a los jóvenes para que aprendan la lección que la historia nos ha dado con el Holocausto?

 

A.M.G.: Que no es suficiente mantener vivos los recuerdos, es de primerísima importancia la formación de la juventud en valores de derechos humanos para prevenir genocidios en el futuro. Que entiendan que fue la intolerancia, el odio, la discriminación, la xenofobia, los prejuicios y la falta de respeto por la vida los verdaderos motivos que provocaron el Holocausto. Que no permitan que jamás en ninguna parte se humille, discrimine o persiga a nadie por su raza, credo o filiación política. 

 

R.A.: ¿Qué queda de la vida judía de Hungría, ha desaparecido como en otras partes de Europa del Este?

 

A.M.G.: Pues para mi sorpresa, hay un renacer en la vida judía, no tengo el dato preciso cuantos judíos quedan en Hungría pero es una comunidad grande de casi cien mil. Hay muchas actividades culturales y sociales. Existen colegios judíos y campamentos de verano para niños, clubes sociales y deportivos. Organizan festivales de música, eventos de comida judía, bailes y exposiciones. Realizan charlas y discusiones. Están representados los diferentes grupos religiosos también. Se editan varias revistas de alto nivel. Existe una librería dedicada más que todo a la literatura judía o temas judaicos.

 

R.A.: ¿Reconocerá que el Holocausto está muy presente en la vida cultural europea?

 

A.M.G.: Lo noto más en la industria cinematográfica.  Me molesta que algunas películas  banalizan el Holocausto tal vez para buscar un éxito comercial. Otras son maravillosas, como La lista de Schindler.  Me ha impresionado mucho recientemente la película húngara El hijo de Saúl. Algunos judíos me dijeron después de verla que esperaban algo diferente, sin embargo yo he quedado  impresionada porque mostró un aspecto  que poca gente conoce.  Muestra cómo un trabajo espantoso  destruye el alma  de un hombre y le convierte en un autómata que trata solo de sobrevivir un día más. Y sabe que será solo un día más porque a la larga lo acabaran matando para que no quede testigo de las cámaras de gas y de los hornos crematorios. Pero, de repente, algo hace renacer en él, a través de un niño, la humanidad que parecía haber perdido. Es como un despertar, como agarrarse a una esperanza que ya parecía perdida. Creo que no quisieron hacer otro documental sobre el Holocausto, sino sobre la reacción de un ser humano ante unas circunstancias extraordinarias. A mí realmente me impactó. El Pianista también es de las grandes historias llevadas al cine. He visto muchas películas alemanas, polacas, y checas muy poco conocidas sobre el tema, que son extraordinarias.

 

R.A.: En sus memorias aparece una documentación muy interesante sobre su familia, ¿cómo la obtuvo?

 

A.M.G.: Mi padre guardaba mucha documentación.  Su hermana además de  papeles relevantes, conservaba el traje que vestía en Auschwitz, lo encontró mi hija en un armario. Luego lo hizo desaparecer. Sin embargo recortó el número que venía en el traje de prisionera y que era su identificación, 23609. También he encontrado muchos elementos y datos a través del internet.  Conseguí dos libros relativos al campo de concentración de Terezín , de donde pude sacar más datos, fechas exactas,  hasta el número del vagón del tren en que la hermana de mi madre fue enviada junto con sus hijas desde allí a Auschwitz. 

 

Le he dedicado muchos años a la investigación. El libro que escribí lo hice para mis nietos para que conozcan de donde vienen, que conozcan las circunstancias que formaron a los seres que los precedieron, que entiendan lo que fue un siglo lleno de horror. Sólo lo comparto con amigos, no lo vendo.

 

Trenes hacia Auschwitz

 

R.A.: ¿Qué recuerdos tiene de su viaje a Polonia?


A.M.G.: A nuestra llegada al hotel en Cracovia le preguntamos a la recepcionista qué se podía hacer en Cracovia y la chica me contesto que “cada cuarto de hora salían trenes hacia Auschwitz”. Eso a mí, con todo lo que había vivido, me dejó perpleja, paralizada. Me significó algo muy diferente a la información turística que me dio. 

 

Acabo de ver una película húngara, que se llama 1945, y en los últimos momentos se ve alejar un tren del que sale un denso humo gris. Para mí ese humo tuvo un significado  muy diferente que para un espectador  que no haya vivido las deportaciones y los crematorios.

 

Los judíos no practican la cremación, no incineran a sus muertos como hacen otras religiones, porque se debe enterrar el cuerpo en tierra. Cuando mi tía me solicito que a su muerte procediera a la cremación, no pude creerle. Venia de una familia ortodoxa, de líderes  de su comunidad. Ella me replico que si sus padres se habían ido como humo al cielo ella quería partir del mismo modo. Muchos de los que regresaron de Auschwitz nunca pudieron perdonarse haber sobrevivido mientras sus familiares hubieran muerto de esa manera., y yo en ese momento  la comprendí.

 

R.A.: ¿Y algo negativo de su viaje a Polonia?


A.M.G: Sí, en Auschwitz, caminábamos detrás de los crematorios, que los alemanes habían dinamitado antes de huir. Al lado habían unas zanjas llenas de agua donde  uno polaco pescaba tranquilamente, una escena casi idílica. A un lado queda el museo de donde los empleados entraban y salían y nadie se inmutaba. Era un espectáculo indignante. Mi hijo, Jack, se llenó de ira y se fue contra el pescador. Le gritó en ingles porque no sabía polaco. El hombre salió corriendo y mi hijo detrás. Yo ya temía por la vida de Jack si lo perseguía hasta el pueblo pero se paró a tiempo. Después fuimos a las oficinas para poner la queja por algo que consideramos un sacrilegio.  Unos meses después, llegó una carta escrita en polaco desde Auschwitz en donde se excusaban por lo ocurrido y prometieron tomar medidas.